El ruido de las conversaciones se había convertido en un telón de fondo amortiguado por la espera. ¿La espera de qué exactamente? No estaba segura.
Frente a mí, estaba él, comiendo tarta y echando balones fuera a unas preguntas que no tenían mucho sentido. Ni tampoco sus respuestas.
Yo había hablado con él las últimas semanas de forma ocasional. Pero nadie lo sabía. Y es que hay cosas que simplemente no existen.
Entre el comedor y la entrada, de pie, simulamos no tener prisa. Simulamos no saber nada. ¿Nada de qué?
Cuando dije que me iba, él se lanzó hacia la calle, pero a mí me retuvieron. ¿Qué pretendía él?
Casi diez minutos estuvo hablando con el anfitrion en la puerta. Y yo esgrimiendo excusas.
Al salir le vi a lo lejos, a unos veinte metros. Al dirigirme a mi coche se giró y se paró.
Me acerqué con la curiosidad de qué quería. Yo creo que ni él lo sabía con certeza.
-Creía que nunca ibas a salir. -y sin más me besó. Sin preguntar. Sin pedir permiso. Sin pensar.
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