Me desperté sin saber porqué. La habitación seguía a oscuras y en la calle apenas se escuchaba el sonido de los coches. Alargué la mano y encendí el móvil para saber la hora. Las once y veinte. Era pronto pero yo hacía más de una hora que dormía.
Me fijé en el simbolito que arriba a la izquierda de la pantalla me avisaba de porqué me había despertado.sonreí medio dormida mientras desbloqueaba la pantalla y abría el mensaje. "Toc toc". La última semana había visto varios de esos mensajes cuando me despertaba a las siete de la mañana, algo dentro de mí se negó a seguir durmiendo.
Un par de frases más tarde y el teléfono comenzó a pitar con el sonido de la vídeo llamada. Le echaba de menos estos últimos meses. Saberle tan lejos y en cierto modo tan cerca siempre me ha gustado. Hay algo especial con el cordobés. Algo que me hace sentir bien cuando se acuerda de mandarme algo que le ha gustado para hacerme reír. O cuando me provoca con imágenes sugerentes. O cuando me escandaliza con imágenes obscenas.
Me gusta porque siempre que hablamos me deja un sabor de boca dulce, y eso que una vez me enfadé tanto con él que pasamos dos meses sin hablarnos. Hasta que se me pasó. Y me gusta porque confío en él.
Así que cuando le vi sonreír en la pequeña pantalla de mi móvil me sentí bien. Echaba de menos esa sonrisa que busca provocar. Ese levantar las cejas y esa mirada de quiero comerte. Claro que también me lo dice, pero me gusta cuando lo dice sin palabras.
Decir que se nos fue de las manos sería mentir absolutamente. Lo buscamos con alevosía. Nos sentimos sin tocarnos, y nos susurramos caricias de terciopelo.
Y cuando volví a cerrar los ojos sonreía, y en la retina su sonrisa.
